A menudo vemos en los blogs los testimonios de mamás que aseguran que la lactancia es maravillosa, sobretodo al pasar los dos años. Hablan de la complicidad e incluso del placer. Aseguran que a los dos años ya ha pasado lo peor, que ya no hay problemas de grietas ni de agarres, que sólo queda el disfrute. Y a pesar de ser este un blog que apoya la lactancia en general, y la lactancia natural o no interrumpida en particular, voy a hacer algo que creía que no podría hacer, pero me ha ido bien en otras ocasiones en otros blogs, y puede que le sirva a alguna otra mamá que haya pasado por algo similar y también se crea un bicho raro al no sentirse como se supone que debería. Voy a hablar del mal rollo.
Cuando era muy joven hubo una época en la que rebosaba feromonas. Y pensaréis que eso es normal, y que todas pasamos por esa etapa porque la naturaleza quiere hacernos procrear. Pero lo mío fue muy exagerado. Ahora quedaré de sobrada, pero es la pura verdad: si quería un hombre lo tenía, y no recuerdo un solo romance no correspondido (ojo, que correspondido no siempre equivale a consumado, no os vayáis a pensar). Pero no creáis que era una bendición, porque la otra cara de la moneda era ser un imán para los pervertidos. Y seguramente si contara una anécdota sobre un pervertido masturbándose públicamente a mi lado o mirándome, podría resultar curioso, incluso podrías decir, "a mí también me pasó una vez". Pero si te digo que me pasó 5 veces en un período de tiempo relativamente corto, tal vez sí creas que tenía un problema con las feromonas.
No recuerdo el orden cronológico exacto, pero una fue en la playa por la mañana temprano, un día que fui a hacer de extra en el rodaje de un anuncio. Otra fue en el autobús, un señor se sentó a mi lado estando medio vacío el autobús, yo miraba por la ventana tratando de ignorarle, pero no tardé en percibir cierto movimiento y al mirar encontrarme la sorpresa y tener que huir saltando por el asiento de delante para no tener que rozarle. Otra vez fue en el metro, pero ese estaba realmente mal, era el típico exhibicionista, llevaba unas bermudas con un agujero en la zona genital y simplemente la llevaba al fresco. Se sentó delante de mí y fue mirarme y empezar.
Otra fue en un parque en Andorra, un verano que fui a trabajar a un hotel. Estaba leyendo un libro en un banco y en un momento que levanté la vista, zas! Otra sorpresita.

Por esa época, con mis feromonas descontroladas y con una vida un poco loca, sin estudiar, sin un trabajo que me durase más de 3 meses y esas cosas de adolescente perdida que intenta encontrarse, un "amigo de la familia" me ofreció un trabajo. A los dos días ya me di cuenta de que no pintaba nada allí, solo iba a echar la tarde y darle conversación. Y antes de acabar la semana, un día tuve que salir corriendo, porque sin saber ni cómo, entre pitos y flautas y conversaciones íntimas y sobre lo guapa y lo inteligente que era y lo lejos que iba a llegar cuando me enseñara todo lo que hay que saber sobre las inversiones en la Bolsa, me encontré con ese señor chupándome las tetas. Y lo peor es que en ese momento, llorando de vuelta a casa, sólo podía pensar en lo que se decepcionaría mi madre conmigo por haber batido todos los récords y no haber durado ni una semana. Desde el lado positivo, aún doy gracias porque el tipo fuera impaciente y lo vi venir deprisa, que si hubiera sido lento y estratégico, fijo que habría acabado siendo una "zorriassistant" con traje, pintalabios y mucha pasta, pero sin una pizca de dignidad.
El presente.
Supongo que hay cosas que el cerebro entierra como mecanismo de defensa. No lo había olvidado, está claro, ojalá fuera tan fácil. Pero tampoco lo recordaba todos los santos días. Y me convertí en madre y quería amamantar, y cuando estaba embarazada sí que a veces pensaba que no podría hacerlo, que me traería malos recuerdos y me daría mal rollo. Pero llegó la bebé y lo invadió todo. Y la lactancia fue perfecta desde el principio, y no hubo grietas ni dolores, y si alguna vez tenía un mal recuerdo a oscuras por la noche, sólo tenía que encender el hipopótamo*, y ver la calma en su carita.
Pero ya no es un bebé. Y exige, y mama con fuerza, y pellizca, y a veces ni siquiera mama, sólo chupa, y las toca, y las mira, y las saca violentamente de donde están guardadas, y entonces me entra el mal rollo de verdad, porque es distinto, es como entonces, y exige, cuando dormimos, cuando hago la casa, cuando estoy en el ordenador, cuando estoy en el sofá viendo una peli... He intentado reducir las dosis a la mañana, antes de siesta y antes de dormir. Pero es inútil, las quiere a todas horas. Ahora cuento hasta 10, que es una de las técnicas que vi recomendada en un post de "
De monitos y risas", y me ha ido muy bien desde el primer momento, y realmente hemos conseguido reducir muchísimo el consumo. Ella misma para cuando llegamos hasta 10, y dice "ahora la otra", y vuelvo a contar hasta 10 y para, y ya se pone a jugar o hacer otra cosa y por un momento se olvida. Pero eso no le ha quitado la exigencia. Cuando me ve, las quiere, y las quiere sacar ella, y pellizcarlas, y estar con ellas a todas horas, no conmigo, con ellas, y sé que es una chorrada, pero me siento muy poco querida.
A veces no puedo más, y la mando un rato con su padre o con su abuela. Y la oigo reír y divertirse, y no parece que me necesite nada. Pero cuando llego yo, sólo se divierte conmigo un rato. Al poco tiempo ya me está intentando sacar las tetas, y si se lo niego llora y grita y se vuelve loca. Y ninguna de las dos somos felices.
Parece que escribiendo este post esté pidiendo a gritos la bendición de los lectores para que lo dejemos. Pero no es eso lo que quiero. Si fuera así no habría problema, lo habría dejado y listos. Yo sólo quiero ser una de esas madres que disfrutan siempre, sin malos rollos, y sienten placer al amamantar a sus hijos grandes. Aunque a finales de este mes me voy a ir 4 días a trabajar fuera, y ahora que el consumo y la producción han disminuido no sé lo que va a pasar. Pero creo que me voy a entristecer mucho si vuelvo sin leche.
Y para acabar, si has leído este post entero, es
casi obligatorio que leas este otro. Cuando una madre desea continuar con su lactancia a pesar de todo, es porque se siente así. Y así es como me siento cuando no acechan los fantasmas, y cuando alguien siente todas esas cosas, desearía que nunca terminara. Gracias Myriam, es un post precioso.
*hipopótamo: lucecita pequeñita monísima de esas que van directamente al enchufe.